domingo, 8 de agosto de 2010

Renacer

Hace apenas un mes que la gente no me interesaba, que evitaba involucrarme en cualquier relación y que negaba la posibilidad de abrir mi corazón a toda persona que intentara acercarse a este ser, hasta entonces, impenetrable.

A lo largo de este último año, he intentado autoconvencerme de que no necesitaría a nadie más que a mí para vivir. Puede que sea cierto, pero desde que adopté esta nueva actitud, y a pesar de haber cosechado grandes éxitos en mi vida académica, me ha faltado algo, me he sentido vacío, mi alma y corazón habían perdido el rumbo. Y es que mi vida ya no tenía un sentido claro.

Fue entonces cuando, sin saber muy bien cómo ni por qué, comencé a preocuparme por algunas personas que, sin ni siquiera darme cuenta, habían entrado de lleno en mi vida.

Al principio intenté olvidarlo, no pensar. Quería convencerme de que no era real, de que era algo pasajero... seguía empeñado en vivir dentro de mi laberinto personal, detrás del escudo que yo mismo me había creado. Pero sólo conseguiría retrasar lo inevitable. Esa sensación se volvía más y más fuerte cada vez, hasta hacerse incontenible.

En ese momento, comprendí que necesitaba un cambio en mi vida. Comprendí que, quizás, había llegado el momento de encontrar la salida al laberinto, aunque para ello debiera asumir algunos riesgos. Realmente, necesitaba volver a confiar en alguien, a ilusionarme por algo… necesitaba volver a dar un sentido a mi vida.

Así pues, tras reflexionar sobre ello durante varios días, decidí romper las cadenas con las que la razón mantenía prisionera al alma, descubriendo así que aquel ser, al cual creía enterrado, todavía podía tener cabida en este mundo.

Por otro lado, y con este nuevo planteamiento, aquellas personas que, de alguna manera, consiguieron atravesar el escudo tras el cual se escondía este indefenso y vulnerable ser, fueron convirtiéndose, cada vez más, en una parte importante de su vida.

A partir de entonces, comencé a recuperar emociones que creía perdidas. Volví a sentir la ilusión por conocer, por descubrir, por confiar, por querer y ser querido. Sentí que por fin había encontrado a alguien capaz de comprender a esta persona tan complicada, capaz de, con tan sólo su presencia, hacerme sentir seguro y protegido, capaz de volver a cerrar la herida que tanto dolor y sufrimiento me había causado y, en definitiva, capaz de devolverme la alegría y la felicidad que había dejado caer en el olvido.

A la vez que recuperaba todas aquellas maravillosas emociones, me invadía una gran sensación de vértigo, como un ave justo antes de extender sus alas para adentrarse en la aventura de emprender su primer vuelo. Sin embargo, y pese a todas las malas experiencias, estaba dispuesto a saltar. Estaba dispuesto a emprender de nuevo el vuelo, a adentrarme en una nueva aventura personal. Por más que las busqué, no había razones para no hacerlo.

Ahora, transcurrido un tiempo, creo haber tomado la decisión correcta. Aunque existan ocasiones en las que haya que sufrir por otra persona, una mirada de complicidad, una sonrisa o un simple abrazo, hacen que merezca la pena seguir en este mundo. Querer a alguien y sentirte correspondido es la mayor bendición que puede caer sobre ti.

Gracias Bea y Cynthia por devolverme la ilusión, por hacer que vuelva a sentirme vivo, por recordarme que a pesar de la gran oscuridad que envuelve a este mundo, todavía quedáis unos pocos rayos de sol en el cielo, por librarme del clima de desconfianza y desprecio en el que estaba envuelto, pero sobretodo, gracias por hacer que mi vida vuelva a tener sentido.

Fdo.: Alberto

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